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¿Por qué la religión es tan complicada?
 

Por Rev. Mandy McDow

La Pascua de Resurrección ya se acerca. Es cuando celebramos el elemento más misterioso de nuestra tradición de fe. El cristianismo se basa en esta idea radical de que Dios escogió entrar en el mundo. Esta elección de vivir como nosotros vivimos, significó para Dios aceptar las consecuencias de la vida y de la muerte. Jesús muere, tal como todos moriremos. Pero nosotros creemos que, tres días después, Jesús resucitó.

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Los cristianos lo creen a causa de los relatos que hablan acerca de la vida de Jesús en cada uno de los Evangelios. En todos estos documentos se dice lo mismo acerca de su vida, muerte y resurrección. Ya que nuestra fe depende de algo que parece imposible –que la muerte no tiene la última palabra– nos exponemos a un caudal de preguntas en cuanto a cómo y por qué creemos lo que creemos.

¿Por qué la religión es tan complicada?

Creemos en un misterio. Como pastora, digo holgadamente que no entiendo cómo Dios efectuó la resurrección. Sólo puedo apuntar a las Escrituras, leídas como documentos de primera mano, y confiar lo suficiente en mis propias experiencias de lo divino para creer algo. Pero el problema de establecer los detalles de los misterios del mundo es que no poseemos el conocimiento como para hacerlo.

Esto crea un montón de problemas, cuando discutimos y altercamos unos con otros y con los miembros de otras tradiciones religiosas. Cada uno se aferra a lo que cree y por buenas razones: nuestras familias y comunidades nos enseñaron estas cosas, hemos participado en las prácticas de nuestra fe, hemos organizado nuestras vidas según las costumbres y tradiciones que aprendimos, y las pasamos a nuestros propios hijos e hijas.

Al “Jueves Santo” se le llama en inglés “Maundy Thursday”, que toma su nombre del latín “mandatum”, esto es, mandamiento. Por ciento, Jesús comió con sus amigos, la noche en que fue traicionado. Al final de la cena, tomó pan y vino y agregó una oración inusual por estos elementos. Primero, dio gracias a Dios. Después dijo: “Este mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense unos a otros” (Juan 13:34, NVI).

Jesús dijo esto sabiendo que el amor de sus discípulos era defectuoso e imperfecto.

Jesús dijo esto sabiendo que uno de ellos lo traicionaría y que otro lo negaría.

Jesús dijo esto sabiendo que sería fácil para los discípulos atacarse unos a otros, culpándose unos a otros por los eventos que pronto ocurrirían y que lo llevarían a su muerte.

No es que Jesús tan sólo instauró el nuevo mandamiento de amarse unos a otros, sino que lo hizo en un momento importantísimo.

Es curioso que para nosotros sea tan difícil cumplir este mandamiento. Es posible que la forma más escandalosa de desobedecer este simple mandamiento sea usarlo para herir y dañar a otros.

Desde los albores de la humanidad, hemos tratado de responder a lo desconocido. Hemos escrito historias sobre la creación, compartido mitologías incrustadas en el cosmos, e investigado el mundo natural a nuestro alrededor.

¿Qué es la religión?

La religión es la idea de que hay una presencia divina trabajando en el mundo, guiando y cuidando de nosotros en formas que todavía no podemos comprender del todo.

Nuestra fe es misteriosa. Después de todo, la fe es creer lo que no se puede ver, la seguridad de lo que no se puede probar.

El corazón de toda creencia religiosa es aspirar hacia algún tipo de amor perfecto. Amor a lo divino y amor unos a otros.

La esencia de nuestro ser es amor. Todos deseamos amar y ser amados. Queremos cercanía, la certeza de que hay un Dios, la certeza de que atraemos el amor de los demás, e incluso algunas manifestaciones reales de amor en nuestras familias de origen y en nuestras familias que hemos elegido. Queremos saber que bastamos.

Lo que nos impide vivirlo es la duda de si realmente somos capaces de conquistar el amor de los demás.

Desconfiamos de si Dios y otros nos aman, y también desconfiamos de nuestra capacidad de amar. Esto crea discordia en el mundo. Es lo que nos pone unos contra otros, cuando peleamos sobre quién tiene la razón y quién está equivocado.

Por más que queramos tener fe de que Dios nos ama, hay una voz en nuestra mente que nos critica. Es la fuerza espiritual de la maldad que nos dice que jamás daremos a basto. Esto nos lleva a juzgar las imperfecciones de otros. Es lo que nos convence de que tenemos que debilitar a otras personas para hacernos fuertes.

No es el amor el que habla, sino el miedo.

A lo largo de toda la Biblia, Dios nos promete amarnos incondicionalmente.

El mandamiento nuevo de Jesús fue el amor. Jesús dijo: “ámense unos a otros”, no dijo “condénense unos a otros”.

Quizá lo mejor que podemos hacer es aprender a amarnos unos a otros, y confiar que Dios juzgará nuestros corazones, mentes e intenciones.

La religión es un esfuerzo simple. La complicamos porque tenemos más preguntas que respuestas. La fe nos llama a creer lo que no se puede probar, pero el amor nos ofrece un camino para vivir nuestra fe de que somos suficientes, lo mismo que todos los demás.

Quizá este Domingo de Resurrección es  el tiempo para recordar que el amor es la forma de mantenernos fieles. El mundo nos dirá que el odio es poderoso, pero el amor es la forma más subversiva de vencerlo.


Rev. Mandy Sloan McDow es oriunda de Knoxville, TN. Hoy sirve en la Primera Iglesia Metodista de Los Ángeles en el centro de la ciudad. Mandy es cinturón negro taekwondo, le encanta la música y a menudo ve los juegos de béisbol con sus tres niños. Para más información sobre Mandy, visite Reverend Mama.

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